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EL VENERABLE HERMANO
POLICARPO,
MODELO DE EDUCADOR,
HERMANO DEL SAGRADO CORAZÓN
Conferencia de Monseñor
Giovanni Pappa,
pronunciada en italiano en la Casa general,
Roma, 9 de enero de 1986
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Presentación
Monseñor Giovanni Pappa, que se ocupaba sobre todo
de la Causa del Venerable Hermano Policarpo ante la Santa
Sede, era el que indudablemente más conocía
a nuestro “Segundo Fundador”. Trabajó durante
muchos años con el recordado Hermano Stanislas, fundamentalmente
en la elaboración de la Positio. La admiración
y el amor que él tenía por nuestro Hermano Policarpo
es un buen testimonio que puede, si fuera preciso, reavivar
en nosotros la confianza y alimentar el deseo de su beatificación.
Queridos Hermanos:
Hoy, 9 de enero de 1986, se cumple el ciento veintisiete aniversario
de la muerte del Hermano Policarpo Gondre, que fue el primer
Superior general salido de entre los miembros del Instituto.
Con toda razón es considerado como el “Segundo
Fundador” de la Congregación.
Contrariamente a lo que sucede de ordinario
en las familias religiosas de hombres o mujeres, donde el
fundador es el más recordado y citado como ejemplo
hasta el punto de convertirse en una referencia para los religiosos,
aquí, en los Hermanos del Sagrado Corazón, la
situación cambia. Hay que tener en cuenta que la muerte
prematura del Padre Coindre en 1826 con sólo 39 años,
así como la gran actividad que debió desplegar
como predicador de misiones, le impidieron formar en profundidad
y de manera duradera al pequeño grupo de religiosos
que debían dedicarse a la instrucción de niños
y jóvenes –tarea en la que la Iglesia había
puesto mucho empeño tras la tormenta de la Revolución
y el gobierno laico de Napoleón–.
Por otra parte, su hermano, el Padre Vicente,
que no era hombre de gobierno, condujo al Instituto al borde
de la ruina. También le correspondió al joven
Policarpo, simple Hermano, asumir la dura tarea de poner de
nuevo en marcha la máquina y hacerla avanzar por el
camino de la recuperación e incluso de la ascensión.
Se entregó tan bien a su tarea que,
tanto durante su vida como después de su muerte y hasta
nuestros días, se le considera como el pilar central
del Instituto; a él es a quien nos referimos por lo
que respecta a la formación, a la enseñanza
y a la organización. En él se inspiran superiores
y responsables para inculcar a los miembros del Instituto
tanto el auténtico espíritu evangélico
como el propio del Instituto. Su ejemplo les impulsa a hacer
siempre más para acercarse a los jóvenes y formarlos.
Sin duda alguna, es disposición de la
divina Providencia que la figura de Policarpo Gondre se haya
hecho tan señalada. Nadie puede negar hoy que nos encontramos
ante una personalidad excepcional que brilla, primero y sobre
todo, por una gran santidad de vida.
Policarpo Gondre no hizo nada de extraordinario
en el plano intelectual o temporal; pero aparece como una
figura de primer plano por la práctica heroica de la
virtud, por ese esfuerzo constante para elevarse, mediante
una ascesis progresiva e ininterrumpida, hacia las más
altas cimas de la perfección evangélica según
la enseñanza de Cristo, lo cual creemos que le valdrá
un día el honor de la beatificación primero
y el de la canonización después.
Y hoy esta convicción no es ya una cuestión
de opinión personal o colectiva; no es tampoco el fruto
de una admiración que habrían experimentado
los autores de su biografía; ella nace del hecho de
que la propia Iglesia, por un decreto apoyado en la autoridad
del Soberano Pontífice, ha afirmado de manera definitiva
que Policarpo Gondre fue verdadera y constantemente heroico
en el ejercicio de todas las virtudes durante su vida.
Por eso, los Hermanos del Sagrado Corazón
tienen desde ese momento un modelo salido de entre sus filas
a quien pueden dirigirse con total confianza. Todos somos
llamados a imitar a Cristo, jefe y maestro, hermano mayor,
Verbo encarnado, infinitamente perfecto; pero seguimos conservando
nuestra fragilidad humana. Por lo tanto, es consolador y reconfortante
tener ante los ojos a un Hermano que ha conocido nuestras
mismas limitaciones y que, no obstante, ha seguido a Cristo
tan de cerca. Por eso el Señor os pide, sobre todo
a vosotros, dignos hijos de Policarpo Gondre, que imitéis
a Cristo a través de él, que aspiréis
siempre a la perfección, sabiendo que él os
sostiene con su presencia paternal, comprensiva y estimulante.
Policarpo Gondre se presenta ante nosotros
en primer lugar como un joven deseoso de seguir la llamada
de Jesús a la vida apostólica, a consagrase
exclusivamente a su servicio.
Tiene el valor de entrar en un Instituto que,
por su Regla, impone a sus miembros una doble renuncia heroica:
no podrá fundar un hogar y además no podrá
abrazar el estado sacerdotal, con lo que eso conlleva de fascinante
y que es un factor importante de victoria y superación.
Esta doble renuncia es una de las características y
de las audacias más singulares que puedan encontrarse
en la Iglesia.
Cuando vemos, por ejemplo, a uno de sus contemporáneos,
Edmond Bojanowski, rico, cultivado, provisto de un doctorado,
imponerse libre y conscientemente esta doble renuncia para
consagrarse plenamente, mientras permanece en el siglo, al
mismo apostolado a favor de los pobres y de los niños,
hasta el punto de experimentar como una necesidad la fundación
en Polonia, su patria, de las Siervas de la Inmaculada Concepción,
congregación hoy muy próspera que abarca cuatro
ramas, resulta obligado concluir que el apostolado de los
seglares no sólo ha sido reconocido y realizado siempre
en la Iglesia, sino que constituye como su flor más
fragante, la emanación de su vitalidad misionera.
Recordemos que, descendiente de una familia
modesta y originaria de un pueblecito perdido en la montaña,
Policarpo Gondre entró en el Instituto y demostró
estar tan bien formado que se le dispensó de los votos
temporales y se le asignó cargos de responsabilidad
muy delicados. Y estas cualidades se manifestaron a lo largo
de los años hasta tal punto que fue considerado como
el auténtico restaurador y el animador de la disciplina
regular y de la formación en la congregación.
Debido a las circunstancias, sobre él recayeron todas
las miradas cuando se debió elegir a un superior que
estuviese a la altura de la situación y que fuese capaz
de asegurar el resurgir del Instituto.
Ahí se encuentra la señal evidente
de que, en la parroquia y en el medio restringido donde vivió
sus años de adolescencia y juventud, lo que había
adquirido en el plano de la piedad, de la conducta moral y
de la instrucción cristiana recibida sobre todo en
el catecismo, bastaba para garantizar el éxito del
mañana. También ahí hay una investigación
a realizar en toda causa de beatificación. Este único
medio es el que nos permite comprender cómo un Siervo
de Dios ha podido ser tan rico en virtud y producir tantos
frutos en la Iglesia.
En el caso de Gabriel Tabourin, contemporáneo
de nuestro Venerable, también seglar y fundador de
la Sagrada Familia de Belley, se ha hecho la misma investigación
y ha dado resultados altamente reveladores. De este modo,
el trabajo de investigación resulta muy aprovechable.
Al no quedarse en una visión superficial, a menudo
vacía y rimbombante, se extrae una gran ventaja bien
sea a favor de la persona en cuestión, bien sea para
conocer mejor la vocación y las posibilidades de los
jóvenes que llaman a las puertas del Instituto, o de
quienes, perteneciendo ya a él, experimentan necesidades
particulares o viven situaciones difíciles.
El hecho es que, en el Hermano Policarpo, la
piedad, lejos de ser un simple ejercicio rutinario, se reveló
muy pronto como la manifestación de un profundo amor
por Dios y por sus misterios. Tuvo el mérito de evitar
la dispersión; concentró todo en Dios, en quien
veía a su supremo Señor, a su Padre y a su Maestro.
Tenía una humilde concepción de sí mismo
y se consideraba como un instrumento en las manos de Dios
para realizar los designios divinos sobre él y a través
de las actividades que le eran confiadas.
Movido por el deseo de hacer todo lo que estaba
en su mano, entendió que era lógico concentrar
en Dios sus aspiraciones, sus planes, sus éxitos y
todo lo que hacía. De este modo, no sólo evitó
la dispersión, sino que aseguró la realización
del plan divino en todas sus dimensiones. Repitiendo, él
también, como San Bernardo: “Nada por encima
de Dios, nada como Dios, incluso nada con Dios, sino todo
según Dios”, y siguiendo esta máxima como
joven, como religioso y como Superior general, el alma de
Policarpo Gondre no podía sino progresar por los caminos
del Espíritu: ella se elevó continuamente, afinándose
y perfeccionándose a medida que pasaban los días
y los años.
Esto nos permite comprender por qué
tuvo una influencia tan profunda sobre sus hijos y sus hermanos,
hasta el punto de suscitar, después de tantos años
transcurridos desde su muerte, el entusiasmo, el fervor e
imperecederos recuerdos nostálgicos. Tanto en el pasado
como todavía hoy, ha sido y sigue siendo un modelo
de vida espiritual y un guía para la educación
de los niños y jóvenes y su preparación
para la vida.
Esto es lo que escribía en diciembre
de 1856 a un director encargado de la formación de
los futuros educadores: “Llamado al honor insigne de
ejercer el arte por excelencia, la formación y la dirección
de las almas, un maestro de novicios debe arder con las llamas
de la divina caridad. Todas sus palabras, dictadas por la
sabiduría, deben ser palabra de fuego. Que cada una
de sus acciones, que incluso cada una de sus respiraciones,
estén animadas por el amor de Dios. Que su modestia,
que todo su porte exterior reflejen las disposiciones sosegadas
de su alma e inspiren la piedad a todos cuantos le rodean.
Debe convertirse en la imagen de Nuestro Señor”
(Positio, p. 382)
Eso es lo que él mismo, el primero,
se esforzaba por llegar a ser y de lo que todos se percataban.
Habitaba en él un poderoso cristocentrismo, que se
manifestaba en su piedad, en su vida y en sus acciones de
todos los días. Se trataba de una línea espiritual
fuertemente marcada en los siglos anteriores y reforzada todavía
por la escuela ignaciana, la cual, desde el siglo diecisiete,
encontraba en los hijos de la Compañía de Jesús
los más ardientes apóstoles –y el Hermano
Policarpo vivió en su entorno y recibió mucho
de ellos–.
En el siglo diecinueve, esta espiritualidad
conoció un crecimiento considerable gracias a la difusión
de la devoción al Sagrado Corazón, verdadero
centro galvanizador de la espiritualidad de ese siglo. El
Hermano Policarpo entró de lleno en esta espiritualidad,
tomó de ella los temas teológicos fundamentales
y supo transmitir a manos llenas sus riquezas a sus hijos.
Éstos hicieron suya esta enseñanza y la transmitieron
en sus catequesis.
Por otra parte, esta espiritualidad iba bien
encaminada a reafirmarlos a ellos mismos en el amor de Dios
y en el amor del Corazón de su Hijo muy amado, protegiéndolos
al mismo tiempo contra las asechanzas y las tentaciones que
hubiesen podido desviarles de una vocación abrazada
con tanta generosidad y tanto entusiasmo.
Ahí tenemos el fundamento de su entrega
al prójimo. En él no se trata de una fría
filantropía, sino de una necesidad nacida de este único
amor que abraza a la vez a Dios y al prójimo. Su entrega
se manifestó de un modo particular en el mundo de la
educación de los niños y jóvenes. Maestro
de novicios y Superior general, se preocupó de formar
bien a los futuros educadores. Éstos debían
predicar primero con el ejemplo, saber acoger con paciencia
y demostrar mucho amor y sencillez. Debían esforzarse
por comprender los problemas de cada uno; debían organizar
y estructurar la enseñanza cristiana, a fin de hacer
frente a una sociedad laicizante y muy perniciosa para la
vida y la actividad de la Iglesia.
Se admira aún más la superioridad
y clarividencia del Hermano Policarpo si se tiene en cuenta
el momento histórico en el que vivió. Era un
tiempo de pasión que veía una Francia amenazada
y a los católicos divididos por los rápidos
cambios de regímenes políticos. A sus hijos,
temerosos e inseguros, les da esta consigna en la que aparece
su espíritu sobrenatural: “Tanto en tiempo de
república como en cualquier otro, hay que amar al buen
Dios, cumplir bien los votos, practicar bien las Reglas y
trabajar con todas las fuerzas en la instrucción religiosa
y moral de los niños y jóvenes, para hacer de
ellos unos buenos ciudadanos para la república, niños
y jóvenes bien sumisos para la Iglesia y santos para
el cielo”. (Positio, p. 197)
Podríamos decir que éste es el
programa del Hermano Policarpo: sencillo, recto, espontáneo,
dejando de lado los artificios y los caminos tortuosos; puso
todo su empeño en el cumplimiento de su deber, que
él consideraba a la vez como la voluntad de Dios y
la disposición particular de su Providencia.
Esta línea de conducta,
inspirada por la atención a sí mismo y el amor
al Instituto confiado a sus cuidados, nos explica la tranquilidad
de su espíritu, la calma de su comportamiento y su
abandono, día tras día, a todo lo que el Señor
le proponía.
Y no pensemos que un estado tal de su alma se alcanza y se
conserva a la ligera y sin pruebas, sin asechanzas ni luchas
interiores e incluso exteriores. La fuerza de voluntad y la
vida espiritual del Hermano Policarpo fueron hasta tal punto
intensas que le hicieron afrontar el combate sin tergiversaciones,
sin medias tintas y sin titubeos. Así se explica el
heroísmo y la impronta indeleble dejada en el Instituto
y en todos quienes con él vivieron.
Algo ventajoso en el Hermano
Policarpo es que se nos presenta como una figura sencilla,
cristalina, carente de actitudes complicadas y dramáticas,
tanto a nivel íntimo como exterior. Es una figura que
fascina y conquista, que aparece imitable por todos, superiores
e inferiores, religiosos y personas del exterior.
Éste es, queridos Hermanos,
el modelo que debéis imitar en vuestra búsqueda
de la perfección. Cualquier otro medio, sobre todo
si es complicado y dispersa el espíritu, no os hará
llegar a este puerto que Dios os ha asignado y que su Iglesia
os señala. Con los ojos fijos en el Venerable, debéis
santificaros vosotros mismos personalmente y, enviados por
todo el mundo, debéis sentir el deber y la necesidad
de darlo a conocer a todos los que viven con vosotros o están
en comunión con vosotros, a fin de que todos puedan
llegar a la misma perfección evangélica. El
mundo no necesita grandes reformas complicadas, tampoco necesita
largas discusiones, a menudo inútiles como puede constatarse
hoy; lo único que necesita es la santidad heroica alcanzada
a través de la superación constante de sí
mismo, teniendo en cuenta las transformaciones y necesidades
del momento.
Mgr Giovanni Pappa |